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martes, junio 26, 2012

Jamonepsis


Introducción

Esta tarde es distinta. Es la primera vez que compraré un libro desde que llegué a Sevilla. Luego de tantas privaciones, viviendo con cien euros al mes, siento como si algo trascendente fuera a ocurrirme. Me arreglo como si fuera a tener una cita y me predispongo a pasar el tiempo necesario en la librería: quiero comprar algo que me sorprenda y que me sirva para hacer mi trabajo sobre literatura actual. Así, emprendo la marcha hacia la calle Tetuán y me interno entre todas esas ideas y hojas de papel. Luego de un tiempo indefinido, salgo con Una forma de vida de Amélie Nothomb y con 15 euros menos. Con un poco de prisa regreso a casa, abro una bolsa de dátiles y me preparo un expresso, le agrego un par de hielos, me pongo cómoda y observo el libro que tengo entre las manos. Contemplo un rato la fotografía de la escritora y me pregunto qué va a contarme este personaje, que en sí misma parece todo un personaje. Comienzo a leer y en la primera página ya estoy sorprendida: En efecto, Amélie Nothomb es el personaje de Amélie Nothomb. Algo así como lo que hago ahora: soy yo, escribiendo de mí misma. Lo primero que cuenta Amélie, es que recibió una carta de alguien desconocido y la transcribe. Me cautiva el hecho de que una novela tan reciente, se base en un hecho literario tan antiguo como el de escribir cartas. y además, me identifico por otras razones, y en otras circunstancias, yo a veces también recibo mensajes de algún desconocido a través de las redes sociales, como es el caso de éste, que recibí justo el día de hoy:

Buen día Itziar: Me llamo José. Estuve viendo tu perfil y tengo que decirte que me pareces una mujer muy atractiva e interesante. Me gustaría conocerte. Si te parece bien, podemos iniciar una correspondencia. Me parece que tenemos varias cosas en común y que podríamos tener una buena amistad. Si estás de acuerdo, espero tu respuesta. 
José.

Amélie Nothomb cuenta en pasado una experiencia que de alguna manera, yo estoy viviendo en el momento presente, así que decido comenzar mi trabajo “estilo libre” siguiendo las pautas que me va trazando la novela y ver si de alguna manera puedo empalmar mi historia con la de Amélie. Me parece un experimento interesante, que quizás me lleve a matar varios pájaros de un tiro: Hacer mi trabajo, escribir una especie de relato y entresacar algunas de las claves de esta escritora, que desde este momento, ya me tiene cautivada.

Desarrollo

He logrado sobrevivir en Sevilla gracias al hospedaje que conseguí a través de la Universidad. Así llegué a casa de Teresa, una señora de 86 años que vive sola en un palacio del siglo XVII. Teresa pertenece al Opus Dei, así que va a todas las misas y reza todos los rosarios que puede. Remata el día echando agua bendita en las sábanas de su cama “para que el demonio no se vaya a quedar ahí escondido”. A mi me hace gracia que una mujer de esa edad sienta que todavía puede tentar al mismísimo demonio. Después de celebrar este ritual, voy a mi habitación y retomo mi lectura de Nothomb. Me doy cuenta de que su manera de contar las cosas, con un estilo sencillo y directo, como si se tratara de una conversación entre amigos, me envuelve y me hace sentir tan cerca que podría decir que soy su confidente. Me muestra sus pensamientos de una manera sincera y directa, desnuda, como si uno hablara con uno mismo. Al mismo tiempo me aporta datos de sus personajes; es decir, de ella misma y del soldado que le escribe cartas; de su entorno, de los posibles escenarios y circunstancias. Analiza la carta y las posibilidades que pueden desprenderse de ella. Todo es verosímil. Entro a internet, busco información sobre ella, una personalidad cautivadora. Recuerdo entonces el mensaje de José, decido entrar a su perfil y mandar una respuesta:

Hola José, gracias por contactarme, aunque los detalles que se pueden saber sobre alguien en una red social en realidad son pocos. Así que, ¿qué me cuentas de ti? Saludos. 
Itziar.

Amélie Nothomb continúa su historia intercalando, mediante analepsis, historias paralelas que nos acercan aún más a ella misma y que hacen aún más creíble la historia que nos cuenta desde el principio. Todo se va integrando de una forma tan natural y coherente que la novela adquiere una estructura completamente sólida. Me hace pensar en la conexión retrospectiva que nos permite unir puntos aparentemente distantes en una relación directa y cercana. Busco en internet información sobre los soldados americanos en Irak, miro sus fotos para hacerme una idea de qué cara podría tener su personaje. De pronto, en tiempo real, descubro que José ha vuelto a escribirme:

Itziar: Gracias por tu respuesta. Tienes razón, un perfil en realidad no dice mucho de uno. Te cuento que tengo una empresa de jamón ibérico bellota, lo cual me he permitido hacer algo que me apasiona: viajar. Te mando unas cuantas fotos para que me pongas cara y sepas más o menos como soy. 
Saludos


Leo el mensaje y analizo el texto con calma: José dice tener una empresa de jamón, un producto que, en estas tierras, parece más sagrado que la hostia, y eso ya es decir. Me remonto a los primeros días que pasé en Sevilla. Lo primero que hice fue buscar inútilmente un estudio para practicar yoga tipo ashtanga. Encontré sitios de hatha y kundalini, dirigidos por profesores que piensan que por tenerte sentado una hora diciendo om, alcanzarás la iluminación; cobrándote además, no poco dinero. Así que, como no me interesaba pagar por una iluminación que se puede conseguir gratis a través de tanto sol que hay en esta ciudad, me decidí a salir a correr todos los días. Así, llegué al Parque de los Príncipes. Tras un par de semanas de ir asiduamente, entablé amistad con un jardinero del parque. Un hombre joven, fornido y alto, con un perfil como de descendiente del emperador Trajano. Una barba perfectamente recortada, nariz recta  y ojos castaños, serenos y benevolentes. Al principio pensé que estaba cometiendo traición a la patria, pues me pareció que podría ser la reencarnación de Hernán Cortés; pero no, su actitud no era la de un conquistador cualquiera. Total que entre pláticas sobre adelfas y pitusboros, terminé preguntándole sobre lo mejor de la comida andaluza, a lo que me respondió sin duda alguna:
–Lo mejor que hay en el mundo es el jamón.
–El jamón –repetí un tanto escéptica.
–Claro, nada se equipara a un buen jamón –aseveró como si fuera lo más natural del mundo–. Quizás una buena pierna de jamón solo sería comparable a una buena pierna de mujer… y aún así… un jamón bien cortaíto

Yo que siempre creí tener buenas piernas, descubro que en Sevilla, ante una pierna de cerdo, es mejor echarlas a andar y buscarse algún vegetariano. Abro el archivo adjunto y veo imágenes de un hombre delgado, como de 45 años, en los escenarios más diversos: la playa, las montañas, Londres. Parece alguien normal. En un último esfuerzo, antes de irme a dormir, le respondo:

José: Tus fotos son muy interesantes, se nota que te gusta ver el mundo. Perdona mi ignorancia, en realidad no conozco mucho de jamones. Me explicarías ¿qué tiene de particular el jamón bellota? Buenas noches. 


Sevilla es una ciudad irresistible. Aunque tengo mil cosas que hacer y dejar listas antes de irme a lavar platos a Ámsterdam en el verano, el solecito, la brisa y el cielo azul me impelen a dejar a Amélie Nothomb y salir a la calle. Desde hace tiempo quería visitar La casa de Pilatos, lo había aplazado por aprovechar un miércoles en la tarde en que la visita es gratis, así que, ya que hoy es justamente miércoles, salgo con la esperanza de no perderme en los laberintos sevillanos y conocer este lugar que me atrapó desde la primera vez que pasé por ahí. Sin muchos problemas doy con el sitio, pido la audioguía y simplemente con entrar y ver el patio del palacio estoy transpuesta. Nunca había visto algo así. Un palacio medieval que se ha conservado intacto, adornado con estatuas romanas, arquitectura mozárabe, jardines de ensueño y una cantidad de mosaicos, que mis pupilas se sienten totalmente saciadas de colores. Además, me dicen que el dueño de la casa fue“Don Fadrique, Primer Marqués de Tarifa”. Escuchar mi apellido en el nombre de otra persona, que vivió hace siglos por aquí, provoca que me emocione. Me siento en una banca y me quedo contemplativa. Entonces se acerca un guardia y entablamos una agradable plática:
–Sí, los moros eran muy listos –me dice refiriéndose a la arquitectura–. Lo único malo, es que los musulmanes son muy radicales.
Un guardia sensible –pienso yo, y me vienen a la cabeza todas esas imágenes de mujeres con velos, mutiladas, forzadas a casarse, que terminan suicidándose. No me queda más que estar de acuerdo con su afirmación; y entonces agrega:
–Mira que no comer jamón…
–¿Cómo? –pregunto un poco pasmada.
–Sí, ¿no sabías que los musulmanes no comen jamón? –definitivamente no supe qué contestar. Estoy comenzando a creer que el jamón posee una sustancia mística que transforma la percepción del mundo.

Regreso a casa y constato que Amélie Nothomb es experta en hacer juegos irónicos, me deja ver, a través de su escritura, una mente sensible e inteligente. Ubicada en su tiempo. Hace referencias a hechos actuales y comparaciones metafóricas novedosas que resultan agradables y agilizan la lectura. Me ofrece también su punto de vista, su visión del mundo. Me deja cuestionándome mi quehacer, mi relación con la vida. Miro sus fotos en internet, parece una mujer franca y decidida. Como era de esperar, me llega el aviso de un correo nuevo de José:

Itziar: Respondo tu pregunta, que la verdad me hace mucha gracia. El jamón bellota está hecho a base de cerdos que viven libremente en el campo y se alimentan principalmente de bellotas. No son cerdos que se reproducen en criaderos y que viven en malas condiciones. Si quieres saber más, entra a la página web de la empresa, para que te hagas una idea más completa. Por lo pronto, te mando otras fotos para que te hagas una imagen más clara de mi. Te cuento un poco. En la primera, estoy en la sierra, jajajaja, en la segunda en Oporto, una verdadera joya de Portugal jajaja. Después jajajaja voy en una romería. Y la última jajaja muy cerca del Peñón de Gibraltar. Tu dime, ¿qué te gusta hacer en la vida? 
Un abrazo.

Me quedo perpleja, justo eso me preguntaba en este instante. Leo de nuevo el mensaje y trato de dilucidar, como recomendaría el profesor Miguel Nieto, si hay algún subtexto escondido entre tanto jajaja. Me molesta. También me pregunto qué demonios pasa con Sevilla y el jamón, que es una constante que al parecer no deja de repetirse. Escucho en la otra habitación los rezos de Teresa en sintonía con Radio María y miro la cara de Amélie en la portada de su libro. No sé qué hago aquí. Tengo hambre, estoy acalorada y una sensación de incomodidad me recorre todo el cuerpo. Encuentro 5 euros en mi bolsa, decido ir al bar de la esquina y comerme una tapa de caracoles y tomarme una caña. En el camino me encuentro a Jesús, el hijo más joven de Teresa, que es un pintor reconocido. Me pregunta por su madre, le respondo que es la hora del rosario y en vez de entrar a visitarla, se va conmigo al bar.
–Te veo un poco agobiada –me dice antes de sorberse un caracol.
–He estado leyendo mucho –le respondo con cansancio.
Jesús ha visto mucho mundo, sabe de arte, de política y por supuesto, de comida; así que aprovecho para preguntarle sobre el misterio del jamón.
–En efecto, la calidad de la pieza tiene mucho que ver, pero un mal corte puede echar a perder todo. Hay un grosor adecuado, una cantidad de grasa justa, un ángulo específico que hace que el jamón prácticamente se desintegre solo en la boca: es todo un arte –me dice con ojos brillantes.
–Y, ¿dónde puedo probar algo así? –le pregunto expectante.
–Es cuestión de suerte. Unas piezas son mejores que otras y no hay forma de saberlo hasta que lo pruebas, pero cuando todo se conjunta, te das cuenta, créeme.
–O sea que tengo que ir probando jamones por todas partes, hasta que encuentre el adecuado, o hasta que él me encuentre a mí, como pensarían los orientales –respondo.
–Cuando pruebes un buen jamón vas a sentir una experiencia extática, como cuando ves una obra de Van Gogh o de Da Vinci por primera vez –me dice emocionado.
Una epifanía, como diría el profesor Carlos Peinado –pienso yo.


Itziar: Perdona el atrevimiento. Resulta que este sábado estaré en Sevilla por negocios. Quedaré libre a medio día y me preguntaba si aceptarías que te invite a comer. Siempre es mejor platicar en persona que a través de un ordenador, ¿no crees? Espero que no te parezca un abuso de confianza, dime qué piensas. 
Un abrazo.

Amélie Nothomb llega hasta las últimas consecuencias. Empuja la historia hasta un punto en que no hay retorno, en el que la distancia que ha puesto ella misma como escritora, de sí misma, que es el personaje, parece desaparecer por completo. Se hace a sí misma preguntas retóricas, buscando una salida, como intentando comprenderse a través de esa Amélie Nothomb que de pronto, parece acorralarse. La entiendo. Amélie Nothomb también podría llamarse Itziar Fadrique. Pienso en la propuesta de José y en el jamón. Quizás sea mi oportunidad de experimentar esa epifanía transmutadora que me cambie la visión del mundo.


Me pongo un vestido que de tanta sencillez, resulta elegante. Me arreglo lo necesario como para sentirme cómoda y segura. Mis emociones están completamente neutras. Llega la hora y me dirijo a encontrarme con un desconocido. Llamo a una amiga y rectificamos un plan de acción, por si las cosas se complicaran de alguna manera. Recorro las calles de Sevilla con calma, con una sensación de despedida. Pienso un poco en todas las circunstancias que se han dado para que yo esté aquí, en este momento, y sigo andando. Veo el restaurante al fondo de la calle, disminuyo el paso. Quisiera percibir el ambiente, buscar algún indicio. Pienso que si no me siento cómoda todavía podría irme sin que pasara mayor cosa. Justo en este momento, me topo de frente con José que acaba de bajar de su coche. Lo reconozco de inmediato, me sobresalta lo abrupto del encuentro. Me saluda con amabilidad. Corroboro que es el mismo de las fotos y del jajaja. Educadamente me invita a pasar al restaurante y ocupamos una mesa. Pedimos varias tapas para compartir y un vino blanco. Como yo estoy un poco cortada, él toma la palabra. Me cuenta de los cerdos, de cómo viven en el bosque de álamos, de cómo se alimentan de bellotas, de cómo abrevan en un arrollo, de que corretean libremente. Me cuenta de su casa en la sierra de Badajoz, donde tiene una cava repleta de distintos vinos para descorchar según la ocasión. Me habla también de su casa en playa, de la piscina, del mar y de la arena. Me cuenta también un poco de su divorcio y de sus dos hijas, que son su razón de vivir. Me habla de sus viajes, de los gustos que puede darse con frecuencia gracias a la organización que ideó en su negocio, para no estar atado. Me deja claro que vive bien, que no le falta nada. Poco a poco, yo comienzo a contrapuntear la charla con la realidad de mi vida, le cuento cómo es vivir con cien euros al mes, en la casa de una fanática religiosa y con todo tipo de privaciones, con tal de seguir un impulso, con tal de hacer lo que yo creo que debo hacer: encontrar mi camino. José me mira con curiosidad y me escucha con atención.
–Veo que no eres materialista –me dice entre sorprendido y contrariado–. Te entiendo, el dinero no es lo esencial. Yo podría vivir debajo de un puente con lo mínimo, si tuviera al lado a la persona correcta.

No sé si José piensa que soy tan idealista como para creerme lo que me dice, pero no me molesta su ingenuidad, a fin de cuentas, es problema suyo. La comida es buena y el vino, para mi gusto, es un poco empalagoso, pero tampoco está mal. José sigue preguntándome sobre la música. Yo le cuento con tranquilidad y un poco de nostalgia sobre ese mundo, que ahora me parece un poco distante, lejano. Le confieso que extraño mi piano y pensar en él, siempre me sobrecoge un poco. De pronto, el ambiente se carga por esta sutil emoción que crea un pequeño lapso de silencio. José me mira a los ojos:
–Eres una valiente –me dice.

Me pregunta también qué haré en el verano. Le cuento que me iré a Holanda a probar suerte, con la esperanza de encontrar algún empleo temporal, para ver si junto lo necesario para reponer un ordenador que “alguien se encontró y no me devolvió” en la universidad. De pronto, algo cambia radicalmente en el ambiente. Este hombre que había llegado a impresionar parece que se ve súbitamente sorprendido. Comienza a ofrecerme sus pertenencias. Me dice que puedo quedarme en su casa de la playa, que tendría privacidad absoluta, terraza, jacuzzi, piscina, sauna, mar, sol, arena, peces. Que si prefiero, puedo ir también a su casa de la sierra, donde tiene muchas habitaciones, me dice que tendría mi baño propio, acceso a la cava y por supuesto, a los jamones. Me promete que me enseñará la técnica, que me develará los secretos del buen corte y que me volveré una experta. Me dice que podré ver a los cerditos corriendo libremente a través del bosque y disfrutar de esa vida campirana en la que tendré todo el tiempo y la privacidad necesaria para inspirarme y escribir, o componer o hacer lo que me de la gana. 
–Te lo ofrezco de corazón, sin que implique compromiso alguno. Vaya, que no significa que tenga que haber algo más, es decir, que no tenemos que dormir juntos ni nada por el estilo –me dice esto con la misma convicción en los ojos que la que tenía antes, cuando me hablaba del puente.

Yo me pregunto ¿porqué este señor, que tiene todo, necesita que yo necesite lo que tiene? El demonio no está escondido en las sábanas de Teresa. Lo tengo enfrente y trata de tentarme con los mejores jamones que hay sobre la faz de la tierra. Pero es tonto, si hubiera visto bien mi perfil en la página social, se habría dado cuenta de que podría haber obtenido mejores resultados ofreciéndome un simple plato de enchiladas verdes.

Sección conclusiva

Amélie Nothomb termina estrechando tanto la distancia entre escritora y personaje que incluso se pregunta: “Amélie Nothomb, ¿puedes decirme qué estás haciendo?” Entonces se confiesa, y habla de la escritura, de la técnica, de su voz. En una especie de monólogo un tanto duro y certero, se cuestiona sus actitudes, sus ideales, su visión del mundo. Dice que escribe para liberarse, principalmente, de ella misma. Me pregunto si por esta razón somete a su personaje a una situación extrema. Entonces me cuestiono a mi misma, Itziar Fadrique, ¿por qué demonios te metiste en esta situación? Miro por la terraza el atardecer sevillano, pienso en mi ordenador perdido, en los kilómetros que he andado para no pagar el autobús, en lo que dejé y en lo que tengo y me siento bien. Me pregunto si todavía será necesario desnudarme aún más, si tendré que andar muchos más pasos, si todavía tendré que renunciar a muchas más cosas para encontrar lo que estoy buscando. Y entiendo entonces que el camino que recorro está hecho de vueltas en espiral, que es interminable. Descubro que en realidad,  el camino soy yo misma.




Mosaicos musicales


El telón de fondo, el hechizante aroma del azahar. 
Los palcos, las bancas a la sombra de los jardines. 
El público, los andantes.
 El escenario, la calle. 
Los protagonistas, artistas del sonido que trasladan a la Avenida de la Constitución 
momentos e impresiones de recuerdos distantes.

Mucho se nos ha contado ya sobre el fascinante encanto que ejerce el perfume de los azahares en los paseantes que en primavera, animan sus pasos a recorrer la ciudad de Sevilla. Lo cierto es que cualquier aproximación descriptiva se queda corta ante el espectáculo sensorial que nos ofrece la ciudad en esta época del año. El sol todavía tibio arropa la piel con delicadeza, apenas coloreando las mejillas. El cielo azulmente límpido contrasta el verdor de las hojas nuevas, que comienzan a cubrir los árboles. Manojos de flores de colores relucen por doquier. Uno podría quedarse todo el día en la calle con el único fin de respirar, de olfatear todos los jardines, de llenarse los ojos de colores y la piel de sol. La ciudad seduce. La ciudad te obliga a contemplarla, a recorrer todos sus monumentos y a maravillarte de nuevo, como si la vieras por primera vez. Y es que en realidad es así. Sevilla parece ponerse cada día un vestido nuevo para presumirte sus encantos, para revelarte sus temperamentos. No existen antídotos. Simplemente uno no puede quedarse en casa.

Presa del irremediable embrujo, mis pies se resisten a tomar el autobús. Inclusive se niegan a montar en bicicleta. Todo mi cuerpo tiene avidez de percibir, de hartarse los sentidos. Mis pisadas autónomas no escatiman las vueltas innecesarias que hay que dar para llegar a cualquier parte, con tal de pasar de nuevo por el jardín de María Luisa, la puerta del Alcázar y rodear una vez más la Catedral, con la mirada puesta en la Giralda, como si fuera la punta del compás. Llegando este momento mis pisadas se detienen, necesitan sentarse en cualquier parte a asimilar, a digerir. Mis ojos detectan un escalón cubierto en parte por la sombra de un árbol que parece invitarme a descansar, a dejarme llevar por el momento. Cierro los ojos mientras la ligera brisa refresca el tacto de mi piel, al tiempo que la voz antigua y aireada de un acordeón cercano susurra La vie en rose. En silencio, escucho con atención la melodía. El acordeonista toca con libertad y con una desapegada simpleza que le va bien al carácter de la pieza. Lo miro abrazado a su instrumento, como si fuera una extensión de él mismo, balanceándose de un lado a otro al ritmo del abrir y cerrar del fuelle, que resuena enriquecido con el aire impregnado del olor de los azahares. Algún paseante deposita una moneda en el pocillo que el acordeonista tiene enfrente. Él agradece con un gesto de cabeza, termina la pieza y se detiene un momento a descansar.

Después de unos minutos comienza los primeros acordes de Les feuilles mortes que provocan que mis pasos dejen el sombreado escalón y se dirijan a la misma banca que ocupa el acordeonista. Al tiempo que escucho la conocida melodía miro el pocillo con pocas monedas y los zapatos viejos del acordeonista. Observo sus manos arrugadas que se mueven con suavidad por la botonadura y el teclado del viejo acordeón que le da sustento. El sonido me traspasa. La mirada cansina del acordeonista aunada a la cadencia final de la canción, dejan resonando en el ambiente unos ecos de nostalgias. Mientras descansa, le pregunto cuánto tiempo lleva tocando en la calle. Con un gesto me indica que no entiende la pregunta. Vuelvo a formularla con mayor claridad y responde:
–Lo siento, no español… dos años.
–¿De dónde viene usted?
–Rumania.
–¿Cómo aprendió a tocar?
–Papá.

...

Artistas sin fronteras> Una de las bondades de la música como lenguaje universal, es que no necesita traductores y en este mundo tan cambiante, en el que parece que todos queremos ir a otra parte, en el que tanta gente cruza fronteras en todas direcciones con la esperanza de encontrar un porvenir, el arte del sonido se vuelve un denominador común mediante el cual podemos entendernos, sin necesidad de las palabras que en un idioma diferente o con un acento distinto, pueden sonar sumamente extrañas y hasta violentas. Todos llevamos la música por dentro, a todos nos han cantado alguna canción de cuna y al menos, hemos hecho alguna vez el intento de cantar. Hay personas que hacen música con una maestría que parece sobrehumana y hay otros músicos que apenas saben lo indispensable, que aprendieron por tradición familiar sin siquiera saber leer una partitura, que tienen alguna guitarrita vieja o una armónica y que para ganar algo de dinero, se arman de valor y salen a la calle a tocar. Porque es así, hay que ser un valiente para tocar ante cualquier público. La música es un arte muy íntimo y muchas veces, aunque uno quiera permanecer distante, al interpretarla produce la sensación de estar abierto, de volverse transparente, vulnerable e indefenso. Tocar en una sala de conciertos puede ser aterrador, pero tocar en la calle puede que lo sea aún más.

Deseándole suerte, dejo al acordeonista y con unos pasos un poco más lentos y meditabundos sigo andando por la Avenida de la Constitución. Poco a poco, los remanentes de las armonías francesas comienzan a mezclarse con el rítmico colorido de una zamba un tanto “jazzeada”. Afortunadamente, encuentro lugar en una jardinera cercana y me detengo a escuchar y a deleitarme con las improvisaciones vocales que hace el guitarrista sobre las armonías cariocas. No soy la única, a mi lado hay un par de señoras que inconscientemente siguen el ritmo con la punta del pie y que no hablan entre sí, escuchan con los ojos entrecerrados. El guitarrista modula la voz con buen gusto e imaginación, creando una gama sonora interesante y atrevida. Es de Canarias y se dedica por completo a la música; para conseguir un ingreso extra, toca de vez en cuando por aquí:

“Es cuestión de suerte, algunas veces me va muy bien y otras no tanto. En esta parte de la Avenida, y como yo tengo un amplificador pequeño, no tengo problemas. Tampoco me quedo mucho tiempo. El problema es en Sierpes y Tetuán, porque a veces los comerciantes se quejan”.

En general, la legislación sobre la música en la calle es un poco indefinida. Solo en algunos lugares como París, esta actividad está perfectamente reglamentada. En esta ciudad, para que los músicos puedan ejercer en la vía pública de manera legal, deben obtener un permiso en el que se especifica el lugar y las horas en que pueden presentarse. En Madrid, se ha levantado recientemente la polémica, ya que la Concejalía de Medio Ambiente ha promulgado una nueva Ordenanza del ruido, en la que se considera a la música como un aspecto que altera el derecho al descanso de los ciudadanos. Anteriormente estaba prohibido el uso de amplificadores y tambores que alcanzaran demasiados decibeles, pero esta nueva ordenanza dice que no podrá sonar ningún instrumento en la calle, a menos que cuente con un permiso expreso. Faltar a esta norma podría acarrear una multa de 750 euros e incluso, la confiscación del instrumento.

En Sevilla, la música en la calle es objeto de la Gerencia de Urbanismo, que regula la ocupación de los espacios públicos en el conjunto histórico. La música se considera como una de las actividades culturales, recreativas y sociales que utilizan el espacio público de manera excepcional; sin embargo, en un apartado de la Ordenanza se menciona que las actividades de corta duración, que no precisen de instalaciones y que no tengan una incidencia relevante sobre el espacio, quedan excluidas de regulación por parte de la misma. De ahí que prácticamente cualquier conjunto pueda ponerse a tocar sin problema, siempre y cuando se respete el entorno y no se obstruya el espacio.

...

El silencio también cuenta> Recorrer el costado de la catedral con el corazón rebosante de sonido, hace que esos cuantos metros parezcan infinitos. Mi memoria canturrea internamente pedazos de melodías lejanas que por momentos me generan una sensación de atemporalidad. Mis ojos se quedan pendientes de esos frisos grisáceos que de verdad parecen tocar el cielo y mis manos me impelen a sentir el tacto de las enormes puertas de madera tras las cuales se refugia el silencio, la pausa. Entro por un momento en la capilla abierta y simplemente me dedico a estar ahí, a dejar todo. El contraste que se genera a través de un simple muro es espectacular; afuera los colores, los cantos, la bulla y dentro la sobriedad, la esencia. Casi se puede percibir el momento exacto en el que el aire fresco hace contacto con la piel, ya un poco acalorada, y el discreto diminuendo y rallentando del pulso y la respiración, que se van acompasando de manera armónica con el recinto.

Pienso en la antigüedad de las piedras que envuelven este espacio y en todas esas manos que las fueron poniendo una sobre otra; trato de imaginar a todas las personas que en algún otro momento, han ocupado el mismo sitio que mi cuerpo ocupa ahora. Los oídos me remontan al tiempo del canto gregoriano y me pasean a través de la polifonía hasta ubicarme en el momento presente, en el que disfrutan de un momento muy cercano al silencio, a la música del origen, el sonido de la catedral.
Después de un rato, y con los ánimos renovados emprendo nuevamente la marcha y al salir, me encuentro con un grupo de ecuatorianos que tocan música sudamericana. Armados con quenas, flautas de pan, raspadores y tambores tocan a todo volumen ayudados por micrófonos, amplificadores y pistas. Una chica ofrece discos grabados por ellos mismos a diez euros. Llevan ya nueve años tocando en las calles de Sevilla y me comenta que normalmente les va bien. Han tocado este tipo de música por generaciones y solamente a veces tienen problemas con la policía, que les pide que se vayan porque interrumpen el paso peatonal. Le pregunto si necesitan sacar alguna licencia para poder ponerse a tocar ahí y me dice que han tratado de solicitarla en varias ocasiones, pero que simplemente no los atienden ni les dicen qué hacer. Le pregunto también si no han tenido algún problema con el volumen, evidentemente alto de los amplificadores, y me dice que no, que solamente los aquejan por impedir el libre paso de la gente. Entonces, llega una mujer y la interrumpe:
–Oye, tú eres india, ¿verdad?
–Bueno… indígena…
–Da lo mismo, es que antes aquí había un indio que sabía quitar los dolores de espalda, ¿tú no sabes hacer eso?

Incultura, racismo e ignorancia. Complejo de superioridad. Dejar una moneda como quien deja una limosna con desdén, por lástima, por creerse exageradamente generoso y bueno. Miro los ojos profundamente oscuros de la ecuatoriana, rodeados por los rastros de una vida dura, de distancias, de privaciones. Los contrasto con los ojos secos, arrugados y cargados de maquillaje de una señora “X” que no me dicen nada. Entonces siento una sincera compasión por esta señora, por su vacío, por su estrechez. Es difícil tocar música, da pavor enfrentarse a un público. En la calle además, hay que luchar también con los prejuicios y los demonios ajenos.

Pensativa, continúo mis pasos. A mi lado, el aire perfumado de azahar transita conmigo la avenida que ya se muestra maquillada con algunas sombras, todavía discretas y estilizadas. Las fachadas de los edificios parecen más rosáceas que amarillas y todo se va envolviendo poco a poco en la parsimonia de la media tarde. La Giralda a mis espaldas parece alargarse como una lanza hasta las nubes y la parte decorada del edificio del Ayuntamiento me evoca la alegría de una fiesta celebrada con pastel, en el que se me antoja hundir los dedos, para atravesar sus elegantes olanes de betún.

Decido continuar por los recovecos de la calle Sierpes y el sonido espeso de una vieja melódica me canta … mis sardinicas, muy ricas son, son de Santurce, las traigo yo… sigo andando y un poco más adelante, una guitarra flamenca acompaña una voz rasgada … verdes como el trigo verde… y el verde, verde limón… sigo un poco más y un dueto de violonchelo y violín toca un arreglo del primer movimiento de la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart y en el último serpenteo de la calle, un insólito trío de corno y dos violines intenta una singular versión de Love me do.

...

El mundo resumido en un par de calles> Países, personalidades, estilos, instrumentos, historias, épocas. Un collage sonoro al alcance de los pasos que discurren una avenida por placer, o porque simplemente, hay que pasar. Una oportunidad de viajar a lugares remotos y a memorias distantes llevados de la mano por el órgano auditivo, que nos conecta de inmediato con el otro y con lo más profundo de nosotros mismos. Ritmos que nos agradece el cuerpo y nostalgias que se activan con el interruptor sonoro del recuerdo. Ecos de terruños, viajes en el tiempo. Supervivencia, necesidad, lucha. Paisaje, arte, personas. La vida en un trayecto.

Después de un largo rodeo, llego prácticamente al punto de partida: una cafetería en la Plaza del Duque que se encuentra realmente cerca de mi domicilio. De no haber tenido la imperiosa necesidad de recorrer Sevilla, habría llegado cuando mucho en quince minutos. Pero yo no conozco mayor satisfacción que la que deja el tiempo bien aprovechado y hoy ha sido uno de esos días. Solo falta el remate de oro: unos buenos churros con chocolate, acompañados por la charla de una buena compañía.


jueves, julio 07, 2011

7 de julio

El juez de plaza ha tomado el lugar de honor, acompañado por su esposa.

La novillera ofrece un par de claveles a la dama, quien los coloca sobre su oreja.

El torero prueba suerte lanzando la montera al cielo y, afortunadamente, cae con las orejas del ratón Miguelito hacia arriba.

Comienza la corrida.

Se abre la puerta del toril al “Gorri”, un séter irlandés de raza y color rojo ardiente. El toro sale furioso sacudiendo los cuernos, un par de barquillos para helado atravesados en una media, sujeta fuertemente a su cabeza. Embiste con furia el capote de “El Javi”, quien viste un original traje de luces con vivos pintados a mano sobre papel aluminio. Mirentxu la novillera, observa, ataviada con un traje hecho con envolturas de chocolate de todos los colores.

Luego de unos pases, se escucha un grito desgarrador:

- ¡Me ha mordido el toro!

Mi tía nos jaló fuertemente las orejas, alegando que no quedaba papel aluminio para el pescado y que había desaparecido el postre. Mientras, el Gorri saboreaba sus cuernos, echado plácidamente sobre el capote.

Más tarde, escuchando jotas, mi abuela, todavía con los claveles en la oreja, lloraba.

Extrañaba su tierra, a la que nunca habría de volver.


* Aunque entiendo el valor y necesidad de conservar las tradiciones, estoy completamente en contra del maltrato animal.
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miércoles, diciembre 01, 2010

Zapatos perdidos

Última


Dormía en muchas partes y vivía en la calle. Me había convertido en una especie de vivienda ambulante. En una mochila llevaba en hombros todo lo necesario para sobrevivir en cualquier parte de la ciudad, de cualquier ciudad. Una muda completa de ropa, algún refrigerio, un pequeño botiquín, paraguas, libros, música, cosméticos, artículos de aseo personal, cargador del celular, etc. De forma que siempre tenía lo necesario en caso de emergencia o podía pernoctar en uno u otro sitio según fuera el caso. Dormí en casa de familiares, amigas, amigos, amigos de amigas y amigas de amigos, incluso alguna vez me dio hospedaje una desconocida de 90 años. Dormí en muchas ciudades, pueblos y países.
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No es que estuviera propiamente de viaje, simplemente era nómada.
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Trabajaba en una ciudad, hacía ejercicio en otra y estudiaba en otra. Mis amigos estaban en todas partes, pero solían divertirse en otros lugares. Siempre estaba caminando, siempre en las calles. Como me sabía bien el dicho de "el muerto y el arrimado..." procuraba ser un huésped invisible. No tocaba nada, no ensuciaba nada, salía temprano y regresaba tarde, con tal de que casi no se notara mi presencia. La verdad, tuve suerte. Siempre me sentí bienvenida en todos los lugares en que me quedé, incluso había veces que me extrañaban.
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Era frecuente que al despertar no supiera dónde había dormido o que al llegar la noche no supiera dónde iba a dormir. Una vez tuvo que apiadarse de mi el encargado de un hostal que estaba lleno, me dejó quedarme en el sillón de la recepción con tal de que me fuera antes de las 7 am.
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Así me las gastaba.
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Esta vida tenía sus complicaciones. Frecuentemente tenía varios tipos de eventos en el día y tenía que preparar ropa cómoda para trasladarme, ropa de etiqueta para un evento serio, libros para mis clases y comida para los huecos. Las cosas a veces se ensuciaban, arrugaban, chorreaban o deshojaban. La espalda siempre me dolía, todo lo llevaba encima. De cuando en cuando reposaba en un parque o en una banca de iglesia antes de ir al siguiente lugar, o me pasaba un par de estaciones en el metro con tal de seguir un poco más sentada.
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En esta ocasión me habían invitado a un evento importante el fin de semana y tenía algunos otros antes, así que llevaba unos zapatos finos además de mis eternos adidas ya sin suela. Esos días me quedaría en casa de una tía, así que podría dejar parte del cargamento en su casa y andar un poco más ligera por todas partes. Asistir al evento me complicaba un poco otras cosas pero quería ir, quería conocer gente diferente, el tema del evento me parecía atractivo y quién sabe... algo podría pasar.
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Y pasó.
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Un par de días antes revisaba mi atuendo para la ocasión y me di cuenta de que faltaban los zapatos. Era imposible, recordaba haberlos puesto, pues la decisión de qué zapatos llevar es difícil, suelen ser pesados y ocupan mucho espacio. Había optado por unos que se veían interesantes para una situación informal y un poco casuales para una formal, pero iban bien con todo. Eran buenos zapatos, se podía caminar a gusto y lucían, aunque eran un poco pesados. Me habían costado no tan poco dinero y no estaban. Todo se volvió nebuloso, no recordaba si los había metido o no, o si los había sacado de la maleta para acomodar algo más en casa de un amigo y los dejé fuera, si días antes los había sacado en casa de mi tía y no recordaba donde los puse... podían estar en la escuela de música, en la biblioteca de estéticas, en casa de Juancho, en un parque, en un restaurante, en una cafetería, en el metro, en el camión, en casa de mis padres, en casa de mi tía, en el metrobús, en el estudio de yoga, en casa de Aline, en el autobús foráneo, en el auto de Alicia, en la sala de coro.... y tantos lugares más que podría enloquecer sólo por tratar de nombrarlos todos.
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Decidí no ir al evento. No podía ir formal con mis tenis gastados, e informal no podría entrar.
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Pero, quería ir.
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Había decidido ya que iría.
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Pero no tenía zapatos.
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No podía ir así.
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Pedí zapatos prestados, ninguna mujer conocida calzaba del seis y medio.
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Podría comprarme un nuevo par.
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Sería mucho gasto.
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No tenía dinero.
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Tenía tarjeta de crédito.
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Luego cómo pagaría?
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Encontraría el modo.
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Decidí buscar y si encontraba algo, ir.
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La búsqueda frenética comenzó. Fueron dos días de ver tiendas y almacenes, todos los que estaban por mi camino eran examinados, comparados y revisados. Me probé zapatos altos, bajos, de piel, de charol, caros, baratos, negros, rojos, blancos, grises, plateados. Unos me apretaban, otros eran demasiado caros, otros eran incómodos, otros no me iban bien, otros se veían corrientes, otros no había en mi número, otros traían un defecto... al final no distinguía, no quería nada, pero me había obsesionado ya con asistir.
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Pese a todo, el resultado de la compra fue bueno, me llevé unos zapatos bajos con un taconcito muy fino de charol negro. Un poco caros pero que me servirían para muchas ocasiones, se verían bien con vestido o pantalón y para tocar eran ideales, la altura exacta para que no me estorbaran al accionar el pedal. Se veían bien con mi atuendo y finalmente llegaría esplendorosa al evento.
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Como casi todos los zapatos nuevos, apretaban un poco en algunas zonas y al llegar ya me habían sacado varias ampollas.
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Dejé mi mochila en una esquina y tomé mi lugar.
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Respiré hondo, ya estaba ahí.
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Miré el programa un poco.
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Comencé a sentir que me revolvía el estómago una excitación nerviosa pero agradable.
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Alguien me estaba mirando.
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La sensación se fue incrementando hasta que sentí mis manos húmedas.
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Me dolían los pies, se me reventaron las ampollas.
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Me enderecé un poco.
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Lo vi...
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Una punzada agudizó el dolor y sentí los pies húmedos también.
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Me estaban sangrando.
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Entonces, lo supe con certeza.
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Por este día, mi vida quedaría derruida.
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Así fue.
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lunes, noviembre 29, 2010

Zapatos perdidos

Pesadilla tercera.

Me encuentro sola en casa de mis padres, estoy descalza y me decido a practicar un poco el piano antes de subir a descansar, es ya de noche y sé bien que si voy a la habitación a ponerme zapatos me ganará el cansancio y ya no practicaré. Así que aunque el piso de mármol gris está helado, decido quedarme un rato así. El piano se ve particularmente hermoso con unas lamparitas de media luz con forma de quinqué que hay a los lados, es un piano vertical viejo, color caoba, desgastado ya de horas y horas de repetir los mismos pasajes. En la parte superior, hay un Don Quijote de madera que ha sido testigo de todos mis esfuerzos y que incluso los ha padecido estoicamente, pues en pasajes difíciles y fuertes lo he sacudido tanto que su lanza ha tenido que ser parchada en varias ocasiones, cosa que a mi particular manera de ver, le sienta mejor a su carácter de idealista maltrecho.

Él es mi primer compañero fiel, la segunda es Cindy, una séter irlandés que en cuanto oye el primer sonido corre a pararse en dos patas en el descanso de la ventana. No es que le guste como toco, es que siempre tiene la ilusión de que me apiadaré de su dolor y la dejaré entrar a echarse en la alfombra, superficie que aunque esté yo a un lado haciendo ruidos, es más confortable que la manta de su perrera.

Cuando se hubo congregado toda la concurrencia, comencé a estudiar el preludio y fuga en la menor del Clave bien temperado. Las fugas siempre habían sido mi dolor de cabeza y ésta en especial, me sacaba canas. Total que comencé y al poco rato entré en concentración profunda. Depronto, sentí un fuerte tirón en el dedo de en medio de mi pie derecho. Me sobresaltó bastante, pero claro, tenía los pies descalzos sobre el piso helado. Seguí tocando como si nada. Poco después volví a sentir lo mismo pero en el otro pie... Mientras tanto Cindy rasgaba insistentemente la ventana y le ordené que se fuera a dormir. Me ignoró por completo y siguió rasguñando con más fuerza, me enervó un poco pero no hice caso. Seguí tocando y sentí de nuevo un fuerte tirón, pero esta vez me pareció alcanzar a ver de reojo algo blancuzco que salía de abajo del piano. Del brinco que pegué se me cayó Don Quijote encima. Lo puse a un lado, tomé unas respiraciones y reflexioné que no podía haber nada ahí. Algo nerviosa, me propuse tocar una vez mas el preludio y fuga completo, para después irme a descansar y a lavarme los pies con agua caliente. Sin embargo, un poco ciscada volteaba de vez en vez hacia los pedales del piano. De pronto lo vi con toda claridad: de abajo del piano habían salido un par de dedos huesudos para tratar de pellizcarme de nuevo. Sentí un escalofrío recorrer toda mi espina y salté hacia atrás. Con mucho sigilo me eché al piso para ver qué podía ser eso en realidad. Sentía los latidos de mi corazón por todo el cuerpo, especialmente en la garganta. Me acerqué poco a poco tratando de contener la respiración y puse el cachete en el piso para poder observar. Las piernas me temblaban y entonces comencé a ver claramente. Había un hombre acostado en la rendija que quedaba entre el piso y el piano. Totalmente comprimido. Era Juan Sebastián Bach, con peluca y todo, gritándome que dejara de destrozar su obra.
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Desde entonces preferí estudiar preludios y fugas de Shostakovich.

sábado, noviembre 27, 2010

zapatos perdidos

Pesadilla segunda.


Estoy en una suite de lujo en un hotel de la ciudad de Durango. Daré un concierto con la orquesta de la ciudad, interpretando el 20 de Mozart. Todo es perfecto, la gran cama con sábanas suaves y almohadones gigantes, mi vestido de seda rojo asimétrico listo para la ocasión, los pendientes de perlas. En mi mente no deja de resonar el segundo movimiento interpretado por Artur Rubinstein, que aunque según muchos no respeta el estilo, me encanta. Con una excitación nerviosa y cosquilleante voy entrando en sueño profundo y la oscuridad es completa. Estoy feliz.
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Un ligero castañeteo me despierta de pronto, no sé qué es. Aguzo el oído y compruebo que el sonido existe realmente y que poco a poco se va haciendo más claramente audible, mis ojos no distinguen nada en medio de la total oscuridad. El castañeteo aumenta y se multiplica, sí, se escucha de distintas fuentes. No encuentro el interruptor de la luz, pero choco con la lámpara de la mesita junto a la cama. Torpemente logro prenderla, volteo la cabeza y me quedo helada: el piso del cuarto está lleno de alacranes. Todos son rojos y de distintos tamaños, vienen avanzando hacia mí con las colas levantadas. Por si fuera poco, alcanzo a ver que algunos tienen en su cola un cascabel como el de las víboras, que sacuden gustosos anunciando la fatalidad de su ponzoña. Todavía hay algunos huecos libres en el suelo, podría salir corriendo y dando algunos saltos llegaría a la puerta para escapar. Desde la orilla de la cama me estiro todo lo posible para abrir el armario. Miro mi vestido colgando y me paralizo por completo: no hay zapatos.
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Los olvidé.
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Mientras tanto han llegado más alacranes y yo no me atrevo a tocar el piso con los pies desnudos.
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No quedan más huecos.
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Se me eriza la nuca y transpiro profusamente en frío.
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Siento su peso liviano sobre mi sábana.
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Días después me llamaron de Durango, se canceló el concierto.
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zapatos perdidos

Pesadilla primera.


El día que realmente perdí los zapatos debí sospechar que sería un muy mal augurio.
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Esa fue la primera señal.
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Las premoniciones de los zapatos comenzaron tiempo atrás, cuando era pseudoreclusa en la preparatoria más hostil de mi pueblo. Eso me gané por vivir una adolescencia común en la que la norma es retar y contestar a los mayores. El edificio era siniestro, una construcción hecha a la carrera con tabiques rojos y pisos chuecos, oscura y fría. La única barda que soñábamos poder brincar algún día para escapar, medía por lo menos 4 metros. El dueño de la escuela ofrecía todo, un alto nivel académico, disciplina y rigor, librar a los padres de sus "problemas" el mayor tiempo posible con amplios horarios, asesorías por la tarde, noche, sábados y días festivos. Ofrecía también un ambiente moralmente sano, promesa que él mismo vigilaba todos los viernes a las 7 am, cuando podíamos ir vestidos libremente, regresando a su casa a las muchachas que usaban pantalones que les resaltaran un poco de más las nalgas. Todo esto a cambio de una suficiente suma de dinero que sería indispensable para poder aprobar las materias debidamente. Porque era así, había un número considerable de alumnos con la cabeza bastante hueca, a los que iba pasando siempre con las notas mínimas; pasaban, nunca los echaba, pues cumplían la función primordial de enriquecer a los dueños. Había otro sector de alumnos brillantes, que sacaban premios en concursos estatales y nacionales, a ellos los separaban en grupos de preparación especial pues daban prestigio al recinto. En medio, estábamos todos nosotros, los demás.
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Me resulta difícil explicar lo presionada y tensa que me sentía al estar ahí, pero recuerdo que justamente lo manifesté por los zapatos.
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Teníamos examen de álgebra. Debía prepararme para 5 horas de cuentas y cálculos en el lugar más hostil del recinto que llamábamos "la congeladora". Era justamente eso, una especie de corredor enorme, oscuro y techado, donde usualmente se pasaban los recesos y donde nos acomodaban para los exámenes en escritorios suficientemente lejanos unos de otros, se nos revisaba la ropa en busca de acordeones y no podíamos pasar más que con un lápiz y calculadora, si era el caso. Nos vigilaban todos los maestros, junto con "el guardabosques", un personaje como de cuento tétrico, feo, desagradable y cojo, que tenía el poder de arrancarnos el examen al menor intento de comunicación con alguien más.
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La noche anterior al examen soñé que preparaba meticulosamente todo lo que necesitaba, había estudiado, no tenía dudas. Llegaba a "la congeladora" y recibía el examen. Sentía entonces un escalofrío en los pies y me daba cuenta de que había olvidado los zapatos. El frío horroroso de las 7 am comenzaba a entrarme por los pies, yo trataba de guardarlos bajo la falda larga del uniforme, cruzando las piernas para no helarme, pero era inútil, comenzaba a temblar. Las manos me sudaban en frío y no podía agarrar el lápiz, ni siquiera podía leer los problemas. Llegaba el guardabosques y me preguntaba qué tenía bajo la falda, le decía que mis pies. No me creía, quería que se los enseñara. Yo no quería enseñárselos por pudor, porque no llevaba zapatos, me avergonzaba eso. El hombre encolerizado comenzó a gritar que estaba mintiendo y con un manotazo violento me arrancó el examen, haciéndolo añicos con su zarpa gigantesca.
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Yo me quedé petrificada.
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Quería llorar, pero mis ojos estaban congelados.
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Quería irme, pero no tenía zapatos.
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Al día siguiente reprobé el examen.
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viernes, junio 25, 2010

floreros sin flores


Varias veces he comentado cosas sobre mi gran amigo Juantxo Viguria, y es que fue un personaje sin igual en simpatía y carisma, extraordinario conversador de amplia cultura y con toda clase de anécdotas, que si se juntaran todas bastarían para compilar algunos libros. Hoy recuerdo en especial una, en la que luego de escuchar una grabación del tercer concierto para piano de Rachmaninov, interpretado por el pianista y amigo cubano Frank Fernández, en un gesto torero de admiración y respeto fue por un clavel rojo que adornaba su mesa y lo lanzó sobre el tocadiscos seguido de una elegante reverencia. Tiempo después le platicaron a Frank esta historia y quedó profundamente conmovido.

Juantxo tenía además costumbres arraigadas, como la de ir a desayunar todos los miércoles a las 9 am al sanborns de la esquina de su casa, acompañado de su inseparable cuadrilla. Siempre amable, zalamero, con un sinfín de chistes y comentarios alegres, de buen humor y claro está, con sus generosas propinas, supo ganarse el cariño y simpatía de todas las meseras del lugar.

Juantxo murió un martes, el miércoles siguiente sus amigos se reunieron en ese mismo sanborns para de ahí partir al sepelio, lugar que se vistió de luto al enterarse de la triste noticia. Entre lágrimas sinceras y suspiros las meseras juntaron todos los claveles con que suelen adornar las mesas del restaurante, hicieron un buen ramillete y lo entregaron a la cuadrilla para que lo llevaran a su querido amigo y asiduo cliente. Dichos claveles cubrieron el féretro de mi amigo.

Lo que me queda claro, a manera de moraleja es que, se cosechan más claveles con sonrisas y alegría que con una buena versión del Rachmaninov 3.

Yo desde aquí, le aviento otro más al cielo.

sábado, febrero 02, 2008

tercera crónica de un alucín perpetuo


Zamba para no morir.

Escuché por primera vez a Mercedes Sosa un día que viajaba sola en la parte trasera de un auto, mientras Juan y Carlitos seguramente hablaban de cosas intrascendentes en la parte delantera. Me llamó mucho la atención sobretodo su voz; así que al día siguiente me dirigí a discolandia y, como era mi época de bonanza, compré lo que encontré de ella: "De mí" y "30 años". Poco a poco me fui haciendo de sus demás grabaciones y pasó a ser parte fundamental en mi vida. Como músico soñaba con poder decir cosas con el piano con tanta intensidad como lo hacía ella con la voz; como persona era un ejemplo de convicción, tesón y lucha; y como mujer, admiraba la mezcla de un carácter firme y decidido con toda la ternura y dulzura del planeta.

Pensaba en Mercedes como un mito lejano e inalcanzable, tenía mas de 8 años sin pisar tierras mexicanas, creía que a lo mejor cantaría alguna vez en Argentina, así que por si las dudas, comencé a ahorrar. Cuando uno admira tanto a un ser vivo, hay que conocerlo, era mi única certeza. Al poco tiempo supe que vendría un 23 de marzo... me puse como loca, ¡el sueño hecho realidad!, podría verla en mi propio pais. Inmediatamente Juan y yo compramos boletos y comencé a contar los días y a hacer planes. Que si alguien podría investigar en qué vuelo llegaría e iría a recibirla con flores; que si una amiga reportera podría averiguar dónde se hospedaría y conseguir un pase de prensa para entrevistarla... al final nada funcionó. Llegué al día del concierto sin una sola pista de qué haría Meche en su estancia en México. Sin embargo, yo no perdía las esperanzas de poder decirle cuánto la adoraba, así que antes del concierto fuimos a comer en Polanco, y al pasar por el mercado le compré un ramo de rosas marmoleadas. En una hoja toda cucha que nos regaló el mesero le escribimos: ¡Te amamos Meche! y ¡viva Tucumán!. Yo pensé que aunque sea podría llevárselas al escenario... pero me las quitaron en la entrada del auditorio nacional. Yo les decía que solo eran flores, que ni que fueran una bomba o algo así... pero un guardia de seguridad no es flexible. Tuve que dejarlas en la entrada y ahora sí, perder las esperanzas. Entramos y el concierto fue el más sublime que hubiera yo escuchado en mi vida... tanta gente emocionada, ella misma entregando todo, llorando cuando cantó "la cigarra", "agitando pañuelos"... y yo, perdida en la estratósfera; pero, afortunadamente, no tanto como para no reaccionar a la hora en que ya no cantaría más, lo supe de inmediato, me levanté y salí corriendo a recoger mis flores y Juan tras de mí. Como rayos llegamos a la parte de atrás del auditorio con la esperanza de verla salir y aunque sea entregárselas en su coche; en la puerta había otro guardia, literalmente le supliqué que me dejara darle esas flores a Meche, yo repetía implorante que no eran bombas ni gases, eran rosas marmoleadas, le decía que las dejaba ahí y me salía de inmediato, que solo le pedía un minuto de gracia, que si quería podía esposarme y entrar conmigo para asegurarse de que no hiciera ningún desmán... aunque parezca increible, el guardia iba cediendo. Para mi buena suerte iba a salir en ese momento una muchacha que había sido la encargada de preparar los canapés para el brindis de después del concierto, llevaba un gafete rojo con una M blanca al centro, miembro del staff. También le supliqué a ella, le rogué que me prestara su gafete para entrar, dejar las flores y salir... ¡bendito corazón de pollo que tenemos las mujeres! se compadeció de mí y me regaló el gafete, que ahora está orgullosamente colgado en una pared de mi cuarto; el poli, con el gafete en mi cuello se sintió mas en confianza para dejarme pasar, pero me advirtió que no podría traspasar cierto "umbral", que tenía que esperar a que ella saliera para no interrumpirla en su fiesta.

A partir de ahí mi recuerdo es todo nublado, especialmente porque las lágrimas corrían y corrían por mis ojos. No podía creerlo, estaba ahí, a un paso de mi amada Meche, oyendo su voz a lo lejos, su risa, con mi ramo de flores y mi carta, esperando a que saliera... como soy muy obediente, no me movía de ahí, esperaba en silencio y llorando. En eso un hombre me toma del brazo, yo casi brinco hasta el techo y me dice... - Pero vos... ¿que hacés aquí?, Yo apenas pude medio balbucear que esperaba a que saliera Meche para darle mis flores, que no eran una bomba. - Pero qué no ves que no está aquí? está por acá, vení... y del brazo me llevó directamente a ella, y en medio del brindis me la presentó. Era su hijo Fabián.

Yo creo que por esta razón Meche me dio un abrazo, leyó mi carta, recibió mis flores y se quedó tomada de mi brazo por un tiempo que no sé cuánto fue... yo seguía llorando, por supuesto, y entre mis recuerdos borrosos reconozco a varias personalidades de la farándula que ma pasaban pañuelos kleenex, y decían enternecidas... es que la quería conocer, ahh... también recuerdo a algunos rockeros greñudos que hablaban con ella, a un expresidente argentino con el que brindamos, diplomáticos chilenos, los embajadores de argentina, todos hablando con ella y yo, a su lado. Cuando salí de ahí Juan todavía estaba ahí, bastante "incoforme", diría yo, pues el se tuvo que quedar afuera esperando.

Luego de eso fuimos a verla al Zócalo, Miren, Juan y yo. Me quedé alucinando con estos acontecimientos mucho, mucho tiempo. No podía platicar la historia sin volver a llorar de la emoción. Hoy, que ya han pasado poco mas de 10 años de estas historias, Meche sigue siendo mi compañera; pude escucharla en otra ocasión 2 días seguidos en el Metropolitan y el pasado 23 de noviembre también ahí; que fue un concierto doblemente emocionante porque además de Miren, mi eterna cómplice, se unió Saúl y mi amiga Luz, que es mi amiga por Meche, y vino de Monterrey solo para verla.

Yo pensaba que difícilmente Meche regresaría a México, había estado delicada de salud y la altura de la ciudad no sería buena para ella; sin embargo, la canción del título de su último disco, "Corazón Libre", me acompañó todos los días en la época mas triste y agónica que he tenido en mi vida, y junto con "Solo se trata de vivir" se convirtió en mi himno de supervivencia y grito de guerra con el que poco a poco salí adelante.

De pronto, se abrió el telón una vez más y apareció hermosa, linda, fuerte, cantando a capella "Zamba para no morir", "la canción es urgente", y "corazón libre".

Meche del alma: con catarro, con altura, con lo que sea, no dejas de ser tu; espontánea, simpática, sarcástica, fuerte, dulce y expresiva. Quizás sea porque, como comentaste en aquel primer concierto en que te vi, creciste en un lugar de grandes árboles, que te dan la serenidad necesaria para poder cantarnos; pero al igual que ellos tus raíces son hondas, firmes y arraigadas a esta Tierra, de la cual brotas, para darnos aire, para darnos vida.

domingo, noviembre 25, 2007

Segunda crónica de un alucín perpetuo


Niño, deja ya de joder con la pelota
Auditorio nacional, últimos asientos, última fila. Miren, Alejandra, Patrox y yo. Comienzo del viaje.
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Princesa
Auditorio nacional, mitad del teatro. Regalo mal recibido por el cumpleaños de mi madre. Por poco y llegamos a Cuernavaca a las dos de la mañana, entre las sombras de la China.
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golpe a golpe
Zócalo de la ciudad de México. Pegadas al templete de prensa desde las 10 am. Probando sonido con Fangoria. ¡No más feminicidios!
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Es caprichoso el azar
Palacio de Bellas Artes, casi volando junto al águila de la punta. Primer intento: Logró escapar, sin embargo una aparición nos revela el secreto.
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no te busqué, ni me viniste a buscar
Como si tal cosa, luego de esperar horas bajo las miradas inquisidoras de los guardasespaldas de la hija de Fox, y efectivamente, estando no teníamos que estar, lo saludé como si lo conociera de toda la vida... Joan, cómo estás?. Miren se quedó muda, solo extendió las manos y mecánicamente le entregó un árbol de la vida. Nos tomamos la foto. Luego, mi hermana se perdió en los brazos de Morfeo, en un cine cercano al metro Hidalgo.
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aquellas pequeñas cosas
Palacio de Bellas Artes, primeras filas. Merecido premio luego de tantas peripecias en el mismo día.
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el pirata cojo
Como un interludio y por mi buena suerte, a cosa de la mala de Angie, bailamos con Sabina. Auditorio nacional, en el ala derecha.
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dos pájaros de un tiro

Auditorio nacional: Miren, Angie, Saúl, Rodrigo y yo. Los tres primeros hasta abajo, zona preferencial y los dos últimos hasta arriba; cuestión de presupuestos. La combinación mas loca, las mejores canciones. Bromas, risas, filosofías y alucines, la más grande para mí: saber que mi hermana, en esos momentos, era 100% felíz.

domingo, octubre 07, 2007

crónica de un alucín perpetuo

Todavía recuerdo mi renuencia a ir al concierto en que cantarían Ana Torroja y Miguel Bosé en la bombonera. Como yo era una música muy snob, me parecía de poco "caché" ir a un evento de ese tipo. Sin embargo, Margarita, mi eterna sonsacadora, a quien debo muchos de los grandes momentos que he tenido en mi vida, me convenció de ir. Y ahí voy, luego de mi profunda clase de piano con Manuel y los elevados conceptos de análisis del profesor Armando, a cruzar la avenida Morelos para ir al conocido estadio. El escenario al centro y las sillas sobre el césped. Margarita y Miriam brillando de emoción y yo, tratando de disimular mi aburrimiento.
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Se encienden las luces y aparece Ana Torroja cantando temas de Mecano, que me gustaban o, digamos que no estaban del todo mal. De pronto hasta se me escapaban algunos tarareos, claro, siempre involuntarios. El show hasta eso que era bueno; de pronto me llama la atención un "bailarín" que apareció por ahí. De inmediato me cautiva su expresión corporal y me quedo perpleja. Cuando lo iluminan del todo resulta ser Miguel Bosé. Ahí estaba yo inmersa en medio de un griterío aturdidor sin poder articular palabra, con la boca abierta, los pensamientos paralizados y el alma siguiendo a aquella "aparición" que cautivó todos mis sentidos. Me sabía y me gustaban algunas de sus canciones, pero luego de aquel día se convirtieron en himnos. Todavía la Márgara me hace burla al acordarse de que, luego de que superé el shock inicial, grité más que todas, brinqué más que todas y bailé hasta el último segundo sobre mi silla.
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De esta historia ya han pasado algunos años y ahora, como en un deja vu, estamos de nuevo Miriam, Magui y yo esperando que comience el concierto de papitour en el auditorio nacional. Igualmente vengo de una clase de elevado análisis composicional del maestro Armando en el Conservatorio Nacional, y de pláticas de "alcurnia" con mi querido Karl; pero esta vez desdeño a la prestigiada Petite Band por 180 minutos de sus 30 años de carrera. No podría caberme más emoción. Sale su banda y yo ya estoy afónica. El escenario es sencillo, solo un juego de luces en el fondo y una tarima como en un segundo piso. Por ahí aparece, de nuevo, todo de negro y posando como los dioses. Todo el auditorio gritando, aplaudiendo, bailando. Canta un popurrí de sus grandes éxitos. Nadie se sienta. Hay señoras de todas las edades, cabellos canos, teñidos, lacios o rizados moviéndose por doquier, todo tipo de zapatos y vestidos, joyas y perfumes, el público es esencialmente femenino, como los primeros vagones del metro en horas pico. Los hombres que hay parecen ir acompañando a sus esposas o novias, no son los más contentos evidentemente. Todas las manos arriba, coreando sus canciones, estoy en medio de un éxtasis emotivo que me saca las lágrimas. Nos saluda y sigue cantando, el clímax llega toreando con Sevilla; me rindo. Lloro de verdad.
Luego relaja un poco con temas más románticos de sus primeros años, también en popurrí. Toda la gente canta. Nos levanta del asiento don diablo y salamandra, pero sobre todo su carisma, la simpatía con la que se ríe, inclusive de sí mismo. Y todo apenas comenzaba... Así fueron 180 minutos, nos cantó todas y a todas. Salí con la sonrisa exhausta de más de dos horas de adrenalina, emoción y felicidad extrema.
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Quiero ir de nuevo. ¿Alguien se apunta?

domingo, abril 01, 2007

Andra Mari


Soy Andra Mari.

Soy una diosa, soy la justicia, soy el fuego y la mujer.


Al abrir los ojos oigo el crujir de las rocas, provocado por mi simple parpadeo.

Soy el poder.


De mi depende el rayo, la lluvia y la cosecha. Si me quedo dormida habrá sequía y si reviento las nuves caerán tormentas. Los marineros me temen y los mortales saben que odio las mentiras y las traiciones.

Soy implacable.


Apenas me estiro y la montaña tiembla, las profundas rocas que forman mi morada se quejan con un gran crujido que se prolonga con un rayo. Vivo en la profundidad de las cavernas. La madre Tierra es mi hogar.

Soy la humildad.


Oigo el balido y los pasos firmes de las cabras que disfrutan de la brisa y los rayos salinos del sol que aderezan su pastura. Oigo el ladrido del perro y al pastor que toca el txistu, enmarcados por la música del mar, que refresca mi acantilado con sus olas.

Soy el amor. Soy la naturaleza.


Recorro mis cavernas y me acompaña el suave sonido de las gotas que se filtran por las grietas y las raíces que se expanden pidiéndome lluvia. Convoco a las nubes.
De pronto, oigo a la serpiente.

Soy la pasión.


Todo se obscurece. Las piedras truenan, la montaña cruje, los rayos retumban y la lluvia cae. La serpiente y yo nos encontramos. Juntos desatamos tempestades. Las olas del mar revientan barcos mientras las sirenas cantan hechizos de amor para marinos.

Somos la vida.

Somos la fuerza.

Somos la magia.


En el cielo obscuro resplandecen los relámpagos mientras el viento aúlla doblegando árboles y enmarañando aún mas las nubes que de color negro se vierten con furia sobre la tierra, inhundando, golpeando y sacudiendo lo que encuentran a su paso. Es la sonoridad de nuestro amor, de la combinación de nuestras fuerzas. Con una energía incontenible un rayo poderoso abre la tierra. A través de esta grieta me disparo al infinito con la fuerza de mil explosiones y convertida en fuego.

Soy energía.


Atravieso los cielos.

Soy libertad.

martes, marzo 27, 2007

la chancla que yo tiro...


Día de sol, cansancio y tierra. Autos, carreras y amigos. Fernando y Toño. Después de recorrer el camino por tercera vez por fin doy con el edificio. De noche todo se desconoce. Lavo mis pies cubiertos de polvo y veo mis chanclas... un poco mas de tierra y podría usarlas como maceta. Decido lavarlas también. La noche es clara y con la brisa que corre se secarán pronto desde la repisa de la ventana. En eso, un caracol marino me hace la travesura de girar con sus piquitos como si fueran engranes y una de mis chanclas se desliza hacia el vacío. Plop! desde el quinto piso se oye el golpe seco sobre el domo del patio del departamento del primero. Y ahí, yace mi chancla lejana y distante, en la negrura de la noche y como al fondo de un abismo. No hay nada que hacer mas que esperar el día.

Por la noche soy conciente de no tener otro par de zapatos, calzo del 6 y Mary del 4. No podría usar zapatos de ella, ni de ninguno de mis primos. Oigo una pelea de gatos y salto a la ventana para asegurarme de que mi chancla no haya sido afectada, afortunadamente ahí sigue, en el domo del primer piso, como mirando la luna. El rescate será sencillo, no hay mas que ir con la vecina de aquel piso y pedirle que por su ventana me deje jalar mi chancla con alguna escoba o algo asi. Trato de dormir. En mis sueños mi chancla es una barca, una nube y un cerezo, mi chancla es abducida, secuestrada y analizada en raros laboratorios, descubren que mi chancla es dios y que en otra vida la usó Darwin, que quisiera reencarnar en bota o en ski, pero ha acumulado mucho karma. No es que sea radical de izquierda, pero la hicieron para ese pie, fue su destino.
Por la mañana aparece en el mismo lugar, bañada por el rocío ácido de la ciudad. Mi primo la rescatará con un anzuelo y una caña de pescar, dice que no es bueno molestar a la vecina. Entre vítores y risas mi chancla poco a poco sube, columpiándose en el viento como la estatua de Lenin que se lleva un helicópetero en aquella película de la Alemania recién unificada.
Y aquí está de nuevo lista para volver a bajar, ahora por una escalera y con mi pie adentro, lista para ir de nuevo a las carreras y llenarse de polvo, quizás solo por tener el pretexto de volver a lavarse y así, poder escapar por otra noche y desde cualquier otro domo, soñar cometas.

viernes, marzo 16, 2007

... y llegó tarde...




Yo había decidido que, pasase lo que pasase realizaría el viaje. Siempre había querido ir a Zimbabwe, pero lo creía muy lejos. El momento y la hora habían llegado, debía abordar el autobús en el que viajaría toda la noche. En vez de contar borregos para tratar de dormir, mi mente divagaba, me habían hablado muchísimo del lugar, de sus montes con formas rocosas que se prestan para fantasear con la imaginación, de su arquitectura uniforme y de buen gusto, de su gastronomía riquísima, y por supuesto, de los museos locales que muestran la cultura de los habitantes y la historia del lugar. Además, es su ciudad, su aire, su vista; quería estar ahí, sentirlo.

Quedé dormida con mucha resignación y pocas esperanzas, cuando desperté había llegado ya el destino. Adormilada llegué a un módico hostal que estaba cerca del río, tardé un poco en acomodarme en mi pequeña habitación y ducharme, e inmediatamente salí por las primeras impresiones de la ciudad: hacía fresco, la hora era idónea, no pasaban de las 8 a.m., encontré a la ciudad todavía dormida. Dormía cándida y bella, con los apenas colores del amanecer reflejándose en su rostro, no me atreví a despertarla, así que, sin hacer mucho ruido entré a un café, y desde ahí, esperé a verla despertar.

Comenzaron a surgir los destellos y los edificios acicalados, la música se dejaba oír por todas partes, cada ventana y cada puerta se iba abriendo poco a poco para darle vida a este nuevo día, que sin duda sería hermoso. Dejé que la ciudad se me fuera mostrando poco a poco, con su delicadeza y timidez, recorrí sus callejuelas con la emoción y el recato de cuando uno conoce a alguien por primera vez; al ir entrando en confianza, me regaló una mirada de un modesto jardín, llamado “jardín Ydlwo”, en memoria de un famoso guerrero de la antigüedad. El jardín me invitó a sentarme y a contemplar sus palomas; a primera vista, me enamoré...como cuando lo ví por primera vez. Le pedí a una paloma que le enviara un mensaje, que le dijera que estaba ahí, en el jardín Ydlwo, que lo esperaba... pero la paloma regresó sin respuesta y lloré. La ciudad me consoló con su belleza y con sus historias; me contó de una señora que le apodaban “gallo” pero que en realidad era gallina, y con orgullo me habló también de unos Coroneles que hicieron leyenda por su osadía y bravura; me enseñó su colección de máscaras, para ser usadas según la ocasión, y me prestó una de alegría; también me llevó a un templo al que, por soportar el peso de Dios, se le cayó el techo. Nos hicimos amigas, y entendiendo mi anhelo fuimos de nuevo al jardín con sus palomas.

Lo imaginé ahí, cerca del templo ideando quizás, algún mundo en su cabeza, luego, caminando hacia una antigua biblioteca para conversar con los libros viejos. Me decidí a acompañarlo sin que se diera cuenta; aquel día quizás tendría ganas de ver pinturas y tumbas de faraones, de comer carne con naranja y tomar café, o quizás, se le antojarían los camarones del mercado, pero no habrían llegado aún del mar.

Subí al monte cuya formación rocosa recordaba a un cerebro, y observé una boda sin personas, en la cual un fotógrafo se esmeraba en realizar su labor, no había gente porque había que economizar el tiempo, el espacio y el amor. Aún así, la ciudad se vistió de gala, se puso un hermoso vestido negro adornado con lentejuelas que brillaban como luces y que la hacían ver majestuosa, elegante, entrañable.

La fiesta sería en el gran coliseo, donde antes se libraban fieras batallas entre bestias salvajes con cuernos, y guerreros armados con espadas. Ahí estaba él, lamentando la muerte de las bestias. Sentí su tristeza cuando pasaba por los túneles donde antes circulaban los cadáveres. Ahora circulaba un banquete. Compartimos la mesa.

Luego, la ciudad nos dejó solos, y, sentados en una banca cerca del río, besó mi cabello y mi frente, luego buscó mis labios; sentí los suyos suaves y dulces, como los había imaginado. Se detuvo el mundo y, otra vez, llegó el destino.

lunes, julio 11, 2005

Deslave

Hace unos días un cerro se deslavó en la carretera México-Toluca. Yo venía de Toluca a México, recorrí el trayecto de 60 km en casi 3 horas, y eso que el deslave había sido el día anterior. Fue una tarde espléndida. Abrí la ventana del autobús para sentir el aire fresco, me fascinó desde que me di cuenta de que ya olía a día de muertos, a calaveritas de azúcar y feria del alfeñique, es el olor del otoño. El cielo era azul y límpido, con nubes blancas bien definidas que reflejaban los ya oblicuos rayos del sol; conté 200 pinos y 500 flores, de las llamadas septiembres o gallardías, estas flores tan fieles a los caminos de México, que si uno trata de llevárselas a casa irremediablemente mueren, pues su misión es estar ahí, para alegrar a los viajeros en esta época del año... Me distrajo de mi inventario el viento, que como un pastor comenzó a arrear su rebaño celeste, las nubes blancas comenzaron a cerrar el espacio entre ellas y algunas se fueron tornando grises; al poco tiempo, la luz del sol se había ido por completo. Eran como las 5 de la tarde. Recordé aquel famoso eclipse de cuando era niña. Estos fenómenos naturales siempre me producen cierta emoción, cierto nerviosismo, uno no sabe qué sucederá o cómo... La capa de nubes se ponía aún más densa y algunos rayos comenzaron a aparecer clandestinamente... y el sonido! El sonido del trueno! Siempre tan fantástico, es un sonido que además de oírse se siente, se siente en el aire, en los huesos y hasta en los cabellos; imagino una sinfonía de timbales... cuánta emoción! De pronto, todo comienza a dispersarse, ni una sola gota de agua. El viento, de nuevo el viento: ahora se llevó la tormenta. Conociendo la región seguro se la llevó a inundar las calles de Toluca. Me pregunto si, ¿será Toluca la ciudad en la que caen todas las tormentas? No, no creo. Nunca ha sido zona de desastre. El cielo poco a poco volvió a ser claro y casi azul; en la parte alta de la carretera, ya llegando a la ciudad de México pude distinguir en el horizonte al Popo, que parecía disfrutar del solecillo de las 6 de la tarde igual que yo, ese solecillo que por un momento, después de la casi tormenta, me pareció un amanecer, si, eso... fue como ver un amanecer en pleno atardecer. ¡qué maravilla!