jueves, junio 16, 2011

Tarde

La ventana se viste
con su prístina piel
de motas de agua.
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En el suelo se forman vitrales
que titilan,
imitando al cielo.
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La bugambilia húmeda,
escucha el último canto
de la calandria.
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Escampa.
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La luz se aleja cansada,
para convertirse
en noche.
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miércoles, junio 15, 2011

3 haikus nocturnos

Resbalan noches,
por los diamantes blancos
de los árboles.
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Luna suspira.
Su cauda transparente
mece las hojas.
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Grillo pregunta,
Luciérnaga responde,
y Mundo duerme.
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jueves, abril 14, 2011

Pastiche

Tras la liberación femenina Oliva fundó un imperio de espinacas enlatadas.
Popeye languidecía pues su amada contrató a Brutus
como mano de obra barata.

lunes, abril 11, 2011

Niña de viento

Lo que más quería en la vida era una bici de carreras. Sentía que la necesitaba aún más que las proteínas de los frijoles que eran indispensables para la salud. Sin esperanza alguna, trataba de ahorrar lo suficiente, pero para mí era una cantidad estratosférica, tendría que juntar regalos de navidad y cumpleaños y muchos domingos. Soñando y haciendo cálculos me fui a meter al cuarto de triques y de pronto, ahí estaba. Toda roja, de diez velocidades y con un gran moño para regalo. Estupefacta, no podía creer ese gesto de mis padres, luego del asombro inicial me vino un tremendo remordimiento de conciencia por todas las maldades que les había hecho, secretamente prometí ya no hacer más. Sin embargo, el regalo no era aún oficial, la tenían escondida para darme una sorpresa, así que tendría que aguantarme las ansias.
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Esa tarde tenía clase de piano y mi maestra se había convertido en una gran amiga de la familia, que a veces se quedaba con su hijo a pasar el fin de semana en mi casa. Cuando estábamos a punto de cenar, mi padre sacó la bicicleta y dijo que era un regalo para ella.
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Sentí como se me cuarteaba todo por dentro y cómo se desvanecía mi sangre. Necesitaba más frijoles que nunca. Me diluí.
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Tiempo después, mi padre me regaló la bici que el usaba y en ella recorrí muchos caminos, cronometraba meticulosamente mis tiempos con la ilusión constante de ir a las olimpiadas algún día.
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Sin embargo, lo que más disfrutaba era que luego de pedalear por un tiempo dejaba de ser yo, para ser
sólo
viento.

sábado, abril 09, 2011

Niñas de ayer

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Había que levantarse a las 4 am. A las 5 en punto estaríamos saliendo a carretera. Un viaje largo, caluroso y difícil. El motor del vocho a mis espaldas, se convertiría después de un rato en una especie de mantra que transportaría mi mente a esa otra infancia, en la que mi madre vivió sin su madre, como una niña salvaje que chapoteaba descalza en los ríos, mientras comía mangos verdes y cañas de azúcar. Más que un viaje a otra ciudad, para mí era un viaje en el tiempo.
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A mi tía no le gustaban los recuerdos, pero mi madre se extasiaba contando anécdotas y detalles de su vida en el rancho, estando al cuidado de los nonos. Para mí era incomprensible cómo un pato podía seguir caminando luego de que le habían cortado la cabeza y trataba de imaginar el sabor de la leche recién ordeñada, que hasta sabía a pelos... imaginaba cómo sería un vestido hecho con el costal del alimento para los animales y me preguntaba cómo sería el próximo encuentro con aquellos seres fantasmales que habían vivido junto con mi madre esos tiempos.
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Quería conocer los ojos verdes de Meche y el dedo mutilado del tío Fermín, con el que daba unos pellizcos que no se olvidaban nunca. Quería escuchar la risa de la tía Mace y comer tamales de Ofelia, aunque ella daba un poco de miedo.
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Sentía también aprensión al recordar que habría que rezar el rosario con mi bisabuela, de rodillas en ese piso por el que no dejaban de circular cucarachas de todos tamaños y que muchas de ellas tronarían bajo el zapato implacable de mi tía. Tendríamos que prender el calentador con leña y escuchar correr a los gatos sobre el techo de lámina en las noches, cosecharíamos estropajos y andaríamos libres por las calles.
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Por una semana tendríamos calor, llovería en viernes santo, comeríamos picaditas, visitaríamos infinidad de primos, tíos y sobrinos y como golpe de suerte iríamos un par de días al mar.
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Pero sobretodo, esos días estaría vetada la tristeza.
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Las dos niñas estaríamos felices.
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domingo, marzo 27, 2011

Lucha

Tiemblo,
me desmorono.
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Las estridencias de Bartók se retuercen en mi estómago.
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Me duele.
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Desde el público miro al pianista descaradamente.
Muestra su alma desnuda.
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Apasionada.
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Alegre.
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Recuerdo que no sé mi nombre.
Me inquieta.
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He sido sonido alguna vez.
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Trato de resistirme a la seducción descarada de las disonancias,
que se abrazan a las entrañas
en el centro de mi ser.
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Está bien,
envuélveme.
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Pero
no resuelvas
la
cadencia.
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viernes, marzo 25, 2011

Cante marino



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Piedra enredada en estrellas y huesos
manivela que gira un molino de viento.
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Canto, danza, lamento.
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Un laberinto en el centro.
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En tu palpitar de ola
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engendras al mar,
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Caracola.
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martes, febrero 08, 2011

cante nocturno

Por un agujero de la Vía Láctea
caen las estrellas desamparadas.
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Brilla la luna
resuena la gaita.
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Un manto de niebla cobija mi alma
sincronizada con las chicharras.
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Caen gotas de piedra
por la cascada.
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El viento resopla
silbando una nana
que mece a los cactus
en la madrugada.
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Contemplo, escucho, percibo.
Me mezco, me caigo,
resoplo, resueno,
brillo, danzo, canto, cobijo.
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Soy todo.
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Todo es mío.
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Por un instante de noche
alcancé un breve soslayo
del
infinito.
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domingo, diciembre 12, 2010

Abismo

Cuando se dieron cuenta, ya habían perdido una palabra.
No sabían bien cuál era, pero les faltaba.
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Quizás fue alguna conjunción, porque en estos casos son fundamentales.
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Pasaron los días.
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Su vocabulario se redujo notablemente.
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Monosílabos y frases de 3 palabras cuando mucho.
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Llegó el silencio.
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El silencio incómodo.
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Los ojos comenzaron a mirar hacia otra parte.
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Los pensamientos vagaron lejanos y distantes.
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Las palabras perdidas nunca regresaron.
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Cuando volvieron a hablarse, ya no tenían nada que decirse.
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miércoles, diciembre 01, 2010

Zapatos perdidos

Última


Dormía en muchas partes y vivía en la calle. Me había convertido en una especie de vivienda ambulante. En una mochila llevaba en hombros todo lo necesario para sobrevivir en cualquier parte de la ciudad, de cualquier ciudad. Una muda completa de ropa, algún refrigerio, un pequeño botiquín, paraguas, libros, música, cosméticos, artículos de aseo personal, cargador del celular, etc. De forma que siempre tenía lo necesario en caso de emergencia o podía pernoctar en uno u otro sitio según fuera el caso. Dormí en casa de familiares, amigas, amigos, amigos de amigas y amigas de amigos, incluso alguna vez me dio hospedaje una desconocida de 90 años. Dormí en muchas ciudades, pueblos y países.
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No es que estuviera propiamente de viaje, simplemente era nómada.
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Trabajaba en una ciudad, hacía ejercicio en otra y estudiaba en otra. Mis amigos estaban en todas partes, pero solían divertirse en otros lugares. Siempre estaba caminando, siempre en las calles. Como me sabía bien el dicho de "el muerto y el arrimado..." procuraba ser un huésped invisible. No tocaba nada, no ensuciaba nada, salía temprano y regresaba tarde, con tal de que casi no se notara mi presencia. La verdad, tuve suerte. Siempre me sentí bienvenida en todos los lugares en que me quedé, incluso había veces que me extrañaban.
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Era frecuente que al despertar no supiera dónde había dormido o que al llegar la noche no supiera dónde iba a dormir. Una vez tuvo que apiadarse de mi el encargado de un hostal que estaba lleno, me dejó quedarme en el sillón de la recepción con tal de que me fuera antes de las 7 am.
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Así me las gastaba.
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Esta vida tenía sus complicaciones. Frecuentemente tenía varios tipos de eventos en el día y tenía que preparar ropa cómoda para trasladarme, ropa de etiqueta para un evento serio, libros para mis clases y comida para los huecos. Las cosas a veces se ensuciaban, arrugaban, chorreaban o deshojaban. La espalda siempre me dolía, todo lo llevaba encima. De cuando en cuando reposaba en un parque o en una banca de iglesia antes de ir al siguiente lugar, o me pasaba un par de estaciones en el metro con tal de seguir un poco más sentada.
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En esta ocasión me habían invitado a un evento importante el fin de semana y tenía algunos otros antes, así que llevaba unos zapatos finos además de mis eternos adidas ya sin suela. Esos días me quedaría en casa de una tía, así que podría dejar parte del cargamento en su casa y andar un poco más ligera por todas partes. Asistir al evento me complicaba un poco otras cosas pero quería ir, quería conocer gente diferente, el tema del evento me parecía atractivo y quién sabe... algo podría pasar.
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Y pasó.
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Un par de días antes revisaba mi atuendo para la ocasión y me di cuenta de que faltaban los zapatos. Era imposible, recordaba haberlos puesto, pues la decisión de qué zapatos llevar es difícil, suelen ser pesados y ocupan mucho espacio. Había optado por unos que se veían interesantes para una situación informal y un poco casuales para una formal, pero iban bien con todo. Eran buenos zapatos, se podía caminar a gusto y lucían, aunque eran un poco pesados. Me habían costado no tan poco dinero y no estaban. Todo se volvió nebuloso, no recordaba si los había metido o no, o si los había sacado de la maleta para acomodar algo más en casa de un amigo y los dejé fuera, si días antes los había sacado en casa de mi tía y no recordaba donde los puse... podían estar en la escuela de música, en la biblioteca de estéticas, en casa de Juancho, en un parque, en un restaurante, en una cafetería, en el metro, en el camión, en casa de mis padres, en casa de mi tía, en el metrobús, en el estudio de yoga, en casa de Aline, en el autobús foráneo, en el auto de Alicia, en la sala de coro.... y tantos lugares más que podría enloquecer sólo por tratar de nombrarlos todos.
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Decidí no ir al evento. No podía ir formal con mis tenis gastados, e informal no podría entrar.
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Pero, quería ir.
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Había decidido ya que iría.
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Pero no tenía zapatos.
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No podía ir así.
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Pedí zapatos prestados, ninguna mujer conocida calzaba del seis y medio.
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Podría comprarme un nuevo par.
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Sería mucho gasto.
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No tenía dinero.
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Tenía tarjeta de crédito.
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Luego cómo pagaría?
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Encontraría el modo.
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Decidí buscar y si encontraba algo, ir.
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La búsqueda frenética comenzó. Fueron dos días de ver tiendas y almacenes, todos los que estaban por mi camino eran examinados, comparados y revisados. Me probé zapatos altos, bajos, de piel, de charol, caros, baratos, negros, rojos, blancos, grises, plateados. Unos me apretaban, otros eran demasiado caros, otros eran incómodos, otros no me iban bien, otros se veían corrientes, otros no había en mi número, otros traían un defecto... al final no distinguía, no quería nada, pero me había obsesionado ya con asistir.
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Pese a todo, el resultado de la compra fue bueno, me llevé unos zapatos bajos con un taconcito muy fino de charol negro. Un poco caros pero que me servirían para muchas ocasiones, se verían bien con vestido o pantalón y para tocar eran ideales, la altura exacta para que no me estorbaran al accionar el pedal. Se veían bien con mi atuendo y finalmente llegaría esplendorosa al evento.
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Como casi todos los zapatos nuevos, apretaban un poco en algunas zonas y al llegar ya me habían sacado varias ampollas.
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Dejé mi mochila en una esquina y tomé mi lugar.
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Respiré hondo, ya estaba ahí.
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Miré el programa un poco.
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Comencé a sentir que me revolvía el estómago una excitación nerviosa pero agradable.
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Alguien me estaba mirando.
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La sensación se fue incrementando hasta que sentí mis manos húmedas.
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Me dolían los pies, se me reventaron las ampollas.
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Me enderecé un poco.
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Lo vi...
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Una punzada agudizó el dolor y sentí los pies húmedos también.
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Me estaban sangrando.
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Entonces, lo supe con certeza.
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Por este día, mi vida quedaría derruida.
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Así fue.
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