martes, marzo 09, 2010

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Amanecí con todas las emociones en la garganta, o quizás en el estómago... En una especie de estado latente en el que no se ha manifestado ninguna, pero todas están prontas a percibir cualquier detonante que las desborde o las haga surgir sin remedio alguno.

Es ese estado indefinido como el que antecede a ciertas lluvias, en el que sin haber caído todavía ninguna gota se ensombrece el ambiente y se carga de una sensación eléctrica, acompañada por un vientecillo presagiante. En el que se oye algún canto de pájaro que vuela a cobijarse en su árbol favorito, mientras a lo lejos se vislumbra la luminiscencia de algún relámpago perdido, seguido por el trueno, que como si fuera el ladrido de un perro pastor, estuviera guiando a muchos otros más hacia el lugar específico de la tormenta.

A veces resulta que que por fin llueve, pero otras, con un cielo gris plomo de fondo surge por algún hueco el arcoiris y la tormenta se dispersa sin que el agua haya llegado a la tierra.

En ese estado me sentía, cualquier palabra podría desencadenar un trueno, una mirada un rayo o una sonrisa el arcoiris. Sé bien que el estómago está conectado con la garganta y la garganta con la boca, y como de la boca salen las palabras yo prefería no hablar, porque además de las palabras sentía que se me podían salir las tripas... y todas mis emociones.

El silencio es un buen dique, pero para los que no tenemos vocación de cartujos y necesitamos verbalizar algo más que monosílabos nos resulta endeble. Cosa que se acentúa si nos vemos en el aprieto de encontrarnos frente a un plato suculento, que por si fuera poco, está conectado directamente con los relámpagos estomacales por medio de la memoria, que en estos casos es una verdadera traidora. Así, una inocente ensalada de escarolas puede convertirse en lágrimas torrenciales, risotadas violentas, carcajadas atronadoras y nostalgias languidescentes. Entonces no queda más que esperar a que poco a poco se debilitan estas fuerzas para quizás, luego del café, entregarnos a una tarde serena y tranquila, en la que simplemente pueda contemplarse con calma a las palomas, que intentan aparearse sin tregua bajo los rayos del sol invernal, en el edificio de enfrente.

1 comentario:

Dracir dijo...

Angustiosa sensación la de sentirse un pez fuera del agua, boqueando sin que aire llene los pulmones sin que las palabras suenen con fuerza.
Solo queda apretar y apretar para quela palabra salga y el aire circule ventilando de pies a cabeza arterias, venas, pasillos y habitaciones. Buena semana :-)